Poesía oral escénica

gravedad | reseña | Alicia Marina Rossi

Después de leer pensamientos de Carlos Piegari, en un artículo de la Revista Tusitala (Barcelona Nº 9 2020), titulado Intersecciones y sustituciones (recomendable), me preguntaba si la tragedia del ecosistema, la desesperación, podrían sanarse y cicatrizar con poesía.

 ¿Y por qué me preguntaba tamaña aventura y desquiciado propósito?

Porque Piegari sostiene, o solo cuenta (y comparto), que de las tragedias se eleva un sonido que recorre el tiempo y el espacio histórico. Que esas ondas de dolor suenan. Que existe un sufrimiento sonoro debajo de la membrana atmosférica que nos envuelve, un infra sonido inaudible al humano que porta la memoria olvidada. 

La polaca Olga Tokarczuk habla de la existencia de una cuarta voz, la de todos y de ninguno, un lenguaje universal que deberíamos oír. Vaya, vaya, ¿oigo coincidencias intuitivas?

La ciencia ha probado que ondas electromagnéticas viajan atravesando seres, mentes y objetos. ¿Qué transportan esas ondas?

¿Qué son los sueños tenidos, quiénes son esos seres y voces desconocidos que nos habitan en las noches más reales que la imaginación? Sin duda, los sueños son una realidad y lo que se sueña es la realidad del sueño. Hasta ahora no encuentro la línea divisoria entre ficción y realidad, y hoy no me detendré para buscarla.

Afirma Piegari que la energía psíquica genera misteriosas piscofonías, que hay una música celestial, que el movimiento de los cuerpos responde a un patrón rítmico cósmico. 

¿Existe el metrónomo sideral que él oye? 

No sé si es una verdad científica o una ficción de Carlos, y no me importa, cuando una experiencia personal precedió a esos dichos, cuando fue un suceso que vivencié, ya ha sido probada, y me basta. 

¿Podemos acaso negar que el miedo trasmite señales? Sean ellas ruidosas, ácidas, punzantes, gestuales. Carlos (que dice no ser poeta, solo un pueta), nos cuenta que hay una autopista para el sonido del pánico a lo largo del tiempo, un murmullo que repta. Al último verso me lo robo.  

Y ahora vuelvo al origen de este trabajo que nace de preguntas: ¿la poesía compone la armonía celestial, sigue el ritmo cósmico, es nota musical en las ondas electromagnéticas? o ¿la onda bioacústica de la gravitación universal es poesía? 

Pues, aunque así no lo fuere, los poemas deberían ser una partitura musical, no un chillido que lastime.

La poesía de la voz, la voz de la poesía, su armonía, su ritmo, su cadencia, es inherente a la poesía. La música es poesía y la poesía compone su música con versos. 

La poesía del poema no está solo en sus imágenes, en el sentido y en la emoción, también se acuna en el son de las palabras, en los silencios, en la entonación, en la sincronización, hasta hacerse canto que viaja al poema. 

Para ser honesta, no dejo de preguntarme por qué esta necesidad creciente de dar voz a los poemas para que viajen en ondas sonoras hasta otros seres. Porqué no callar y dejar que los libros actúen en los lectores.

Sucede que ya no dudo, la poesía se completa con su sonoridad, de allí la necesidad de decirla en voz alta para que sus acordes y compases ingresen al rumor de la sangre y suenen los violines y el órgano del templo cerebral y se convierta en una creación que armonice con la creación. Si no lo logra, callar el poema hasta que el flujo vivencial lo geste criatura en su útero astral.

Y entonces avanzo el interrogatorio en el laberinto interno: ¿por qué la poesía oral escénica, esta otra necesidad de hacerla cuerpo?

También sucede que la poesía vibra en el cuerpo, lo estremece. Y ese temblor, ese relámpago esa centella, también compone el poema. Y la poesía con sus vibraciones atraviesa la materia y los seres, como una entidad misteriosa y libre, nebulosa inasible que vagabundea en el cosmos haciendo magia, entretejiendo conjuros. 

No hablo de escenificar el poema ni teatralizar, el poema es una escena en sí misma, solo trato de mostrar lo que la poesía suscita en el cuerpo cuando transitoria lo habita, cómo se espeja en los ojos, cómo viaja en la mirada y cómo se hace río en la garganta.

Sigo intentando comprender esta necesidad de ponerle cuerpo a la pequeña voz del mundo, como la nombra Diana Bellessi, compartir sin pudor lo que la poesía hace de nosotros cuando nos desnuda y posee.

Tal vez, un antiguo poeta, en los sueños, me pidió que regrese la poesía a su origen primigenio, cuando los poemas eran un canto que de voz en voz viajaba alrededor del planeta para sanar las heridas que dejan las tragedias y cesar los alaridos del horror que circulan por la autopista del tiempo; y entonces, solo sea un sueño.

Para despedirme como me gusta, un poema que testimonia del Libro El Jardín de las secretas lluvias:

Estamos juntos

Soñé a un hombre marrón sin rostro. 

Pardas, su vestimenta y él.

Una figura sin estridencias que llevaba guardas rupestres en la manta.

Parado sobre la cima de un jardín cantaba alabanzas con extrañas dulzuras y provocaba vaivenes en cuerpos flotantes.

La voz traía un idioma desconocido, ancestral, de una antigua memoria.

Las palabras que elevaba con sus brazos al cielo despedían los miedos y agradecían a los dioses que se llevaran sus espectros.

Quedó una danza armoniosa en mi cuerpo y una lengua melódica en las cuerdas de la noche.

Cuando la canción terminó de apagarse supe que mi mente dormida conoce un idioma que despierta no conoce.

Otra vez los tantos seres que me habitan, los tantos que me preceden.

Que “el Yo es un Nosotros”, soñó mi sueño.

Alicia Marina Rossi
Escritoria de poesía y novela.
Explora la poesía oral escenificada y el compromiso de las palabras con los contextos.
Vive en la ciudad de Resistencia, provincia de Chaco, Argentina.

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