Un pequeño dedo…

#espacio | relato | Javier Seguer

Piezas sonoras: Carlos Santín

Vera conduce por la madrugada dibujando la caldera de Taburiente hacia el observatorio del Roque de los Muchachos, a más de dos mil metros de altitud. La ascensión volcánica prepara al curioso para la meta, despojándose metro a metro de toda distracción, permitiendo al pensamiento enseñorearse y osar atreverse a entender el canon del universo. El de Pachelbel acompaña cada curva saturando los altavoces con sus frases de violín, reforzando con sus edulcoradas repeticiones el bucle de un nudo gordiano que no consigue dejar atrás. La última frontera se divisa ya en lo alto: un mar de nubes en aterciopelado contraluz con la Luna llena que compone y descompone todas las imágenes en su teatro de sombras perpetuo, a este lado de la caverna.

Ha bajado a Santa Cruz pese a que todos los argumentos estaban en contra. No puede despreciar esa posibilidad insignificante, tan tendente a cero, de que una conexión con alguien se dé. Cuando llega a los sitios la actitud de desdén con la que se muestra le confiere un aura de inasibilidad que atrae irremisiblemente a los caracteres más osados. Fulgurante en la pasión de su mirada, languidece en cambio en lo mundano del cuerpo, como si su yo, estando más dentro de sí, estuviera más fuera del aquí y ahora, imposibilitando ella cualquier interacción concluyente. Ya de pequeña le divertía observar desde la distancia de la espectadora, como si la realidad fuera un espectáculo dispuesto para ella, pero a medida que adquiría conciencia de su cuerpo tuvo que afrontar la situación. No podía dejar de ser parte del histriónico teatrillo, su cosidad la arrojaba a la escena y, horrorizada, labró un abismo ante su propia existencia. Por fortuna, su inteligencia, más que suficiente para manejarse con convencionalismos, esquivó un desenlace fatal permitiéndole acceder a un confort aceptable. Toleró el cuerpo como soporte material para su mente (sin más consideración), pasaron los años ganando aplomo en la socialización, aprendió los rudimentos y sabía qué esperar. Parecía que había encontrado su lugar, o uno donde la vida se sucedía sin demasiadas preocupaciones, hasta que se torció cuando llegaron las hormonas. Nada quedó en su sitio, excepto Vera. Cambiaron los intereses, el lenguaje, las convenciones, su cuerpo… sin que acertara a entender ni sentir el porqué. Aquello que había apartado con esmero, se imponía ahora como el centro.

Sabía que cada paso que daba era fundado pero, cuando todo va al revés, no se puede descartar que se vaya en sentido contrario. Las dudas le comían, el sexo estaba por doquier volviendo loca a la gente. Tal era la magnitud del misterio, que lo enfrentó pese a sus implicaciones. Tuvo su desganada e insatisfactoria primera experiencia sexual. Un desastre, como no podía ser de otra manera y, al tiempo, una epifanía que determinaría su futuro. De noche en la playa, tumbada sobre la arena, insintiendo que lo que pasaba le estaba pasando a ella, escondía el inconfesable deseo de algo que diera sentido a tanto alboroto. Lejos de alientos, olores y jadeos, observaba imperturbable el cielo límpido de Agosto mientras otras manos escrutaban los rincones de su cuerpo. Se dejaba llevar por luces siderales e inmensidades posibles, transmutando el oleaje del asco inicial en pasividad receptiva. Penetrada a la espera de lo que no acontecía, se concentraba cada vez más en una estrella cercana al horizonte que aumentaba de intensidad a medida que en su pareja lo hacía la excitación, llegando a ser brutalmente cegadora cuando eyaculó. El instante pareció detenerse en una certeza como no había tenido ninguna. Estaba aquí de manera equivocada, pertenecía al cosmos inabarcable, perfecto. Descorporizada y en paz, su mente entendíase omnipotente. Desde ese momento la astrofísica ocupó por completo su vida. Tiempo después supo que se trataba de la estrella binaria Sirio (Alfa Canis Maioris), lo ignoró sin problema y siguió construyendo sobre su iluminación.

El Canon de Pachelbel repite sus cuerdas sobre el mecánico avance neumático. En el retrovisor la pulsión fracasada a la que desde hace unas semanas da pábulo (como quien tira una piedra al agua esperando que no suene), intentando entregarse a la carne. Cada vez el mismo sentir final de pérdida de tiempo. Durante una época se acercaba a las personas de las que creía que podía aprender, entendiéndolo como un trueque. Permanecía con ellos para incorporar compulsivamente sus conocimientos y, en contrapartida, toleraba mantener una relación física. Pero no pasaban muchos días antes de que la audacia del pensamiento ajeno se convirtiese en vanidad inconsistente, saliendo a la carrera sin despedirse. Nadie despertó por sí mismo su interés, ni su placer. Nadie supuso un desafío. Lo sabía y, desgraciadamente, contaba con ello. Su conocimiento aumentaba constantemente, llegando a un punto en el que tuvo por innecesaria cualquier relación. Nada compensaba ya la repugnancia por el cuerpo ajeno, si cabe mayor que la del propio. Parecía sencillo, lo venía haciendo sin problema, pero últimamente aquellas dobleces de las que antes se despojaba sin miramientos se obstinan en permanecer, mortificándola. Una vez decidía, no había lugar al arrepentimiento, razonaba lo necesario y no había más, sin embargo, ahora invade sus cálculos un malestar que no entiende, ligado a algún tipo de instinto que puentea su mente. Intenta exorcizarse ridiculizando su coño, un procaz agujero negro empecinado en atrapar toda razón con su oscura humedad epidérmica. No consigue aislarse y, por muchos cortafuegos que ponga, se termina colando el sexo por algún resquicio, contaminándolo todo. A estas alturas no se trata de acicalarse perpetuamente para una ofrenda ritual de cuyo éxito depende tu consideración grupal, ya no es suficiente. Los demás coños parecen vomitar bebés por doquier. Les imagina, bajo las bragas, chismorreando sobre lo idiota que es uno sin parir.

La precaria vida social que había conseguido mantener desapareció. Probablemente la desmanteló saturada de maravillas y calamidades de la maternidad o, peor aún, de su ausencia. Incluso su madre disimulaba de mala gana la decepción de no ser abuela. Vera se sentía necesariamente sola en su asepsia, una isla dentro de otra. Acataba la condena con dignidad, siendo como era el resultado lógico de su pensamiento. Ese sacrificio le permitía creer que podía ir más allá de su límite, le parecía oír cerca el ruido silencioso del motor inmóvil. Como consecuencia cuanto más aislada, mayor era la aversión. No podría engañarse por mucho tiempo más, le crecía en cada poro un sentimiento de culpa incomprensible que detestaba. Que la hacía detestarse. Sabe que sólo falta un poco de estudio, unas comprobaciones más y el universo se desgranará ofreciéndole la sinfonía de las estrellas, el algoritmo filosofal. Aviva esa llama con todo su ser. No tiene claro si el sistema conforma su persona o viceversa, tampoco pierde el tiempo en eso. Un paso, sólo uno parece faltar, pero el reflujo de su indeterminación descuadra continuamente los planes, perdiendo su energía en esas insignificantes escaramuzas. A medida que su pensamiento crece, lo hace su fractura emocional, desgarrándose en cada avance, dejando en el choque poco más en ella que tierra quemada.

Silencio. Estéreo y mono. Al fin arriba. Se queda un tiempo en el coche parado, dejando los ecos apagarse mientras imposta fumar un cigarrillo. Nunca inhala el humo, tan solo le gusta ver aparecer una nebulosa de su boca. Ante ella el GTC (Gran Telescopio Canarias), el telescopio óptico más grande del mundo (por el momento), el portal al lugar donde la realidad son cálculos teóricos y lo diminuto puede equipararse al absoluto. Silencio fuera y dentro. Hace mucho que no tiene necesidad de mirar el cielo nocturno, está en su cabeza casi todo él, construyéndose a cada descarga de datos. Literalmente, sin descansar los domingos. Es la investigadora principal del equipo que censa las galaxias del universo temprano con EMIR (Espectógrafo Multiobjeto InfraRojo), capaz de traspasar el polvo interestelar, detectando así luces más débiles y lejanas.

Al entrar saca un café de la máquina y va al primer despacho vacío que encuentra, bajo la atenta mirada de una lámina del cosmos primordial, la luz más antigua del universo. Nadie sabe quién la colgó, ni por qué hay signos de exclamación puestos a mano en una parte oscura, pero su extraño influjo es por todos sentido al pasar por delante. Pregunta y respuesta a un tiempo, tanto sirve para perderse como para construir la ilusión de encontrarse. Vera aprieta el paso y cierra la puerta al ojo en cuanto entra. Una mirada más profunda puede ensombrecer la propia. Sobre la mesa despliega lo imprescindible. Con sus compañeros sigue el mismo protocolo. Conoce los horarios e itinerarios de cada uno para no coincidir más de lo estrictamente necesario, sólo los ingenieros que ajustan los equipos son una excepción. Últimamente se hacen incluso visitas nocturnas, aunque el ruido que las precede en su ruta predeterminada facilita la esquiva. En realidad, no es necesario subir, pero necesita la presencia del telescopio para concentrarse, es su catalizador, y al ser la investigadora del IAC (Instituto de Astrofísica de Canarias) más joven en publicar un artículo en Nature, se le toleran pequeñas excentricidades. Mientras carga el último reporte observa cómo la densa oscuridad empapa el azúcar, esperando a que se hunda por sí mismo antes de removerlo.

El miedo a no lograrlo ni siquiera le permite plantearse esa opción. Se identifica del tal modo con su objeto de estudio que ve en su voracidad mental el reflejo de la expansión acelerada del universo. Ambos sometiendo la inexistencia, creando de la nada a medida que avanzan. Mente y energía oscura entrelazándose en el lenguaje de lo divino. Pero no siempre fue así. Recuerda su infancia y adolescencia asimilándolas al falso vacío poblado de taquiones. Uno de ellos, el inflatón (partícula cuántica fluctuante), desestabilizó el sistema produciendo una rasgadura del espacio-tiempo formando una burbuja en la que se da el verdadero vacío, donde las partículas empiezan a adquirir masa en un proceso inflacionario del cual es resultado nuestro universo. La misma lógica le parece seguir su vida. Partiendo del falso vacío de su infancia que el sexo desestabilizó, se genera una burbuja donde las partículas empiezan a adquirir carne, dando lugar a unas relaciones sociales cada vez más inflacionadas hasta estallar en un Big Bang epifaniado bajo el murmullo marino. Tras ello, sólo el límite físico de la luz suponía una frontera (virtualmente superable). En una fracción infinitesimal de segundo su mente se expandió de la ignorancia a la conciencia liberada, y en cuanto templó los furores, fue capaz de albergar materia. Sin embargo, obvió lo ocurrido en la arena, enterrándolo, pues lo perfecto no podía ni pensarse junto a lo mutable, lo putrefacto. Nunca fue un problema no mirar atrás, pero ahora no hay pasado. El atrás se agolpa en el presente con todo su peso muerto. Una ansiedad injustificada le asfixia cada vez más, recordatorio de algo que se le escurre entre las ideas. Su propio cuerpo se le resiste. Le contrargumenta a la carne acostumbrada al solipsismo mental, pero son lenguajes tan distintos… La facilidad con que todo lo que ha levantado sobre un sistema de valores incontrovertible se desmorona ante una simple sensación persistentemente incierta, que es incapaz de controlar, de someter, desata una vulnerabilidad que pensaba extinta. Desde la intrascendencia la cosa tiene poder para agrietar los sistemas más fundamentados, diluir el trofeo de la Verdad. A medida que Vera va soltando amarres se desarman las resistencias y la angustia ofrece una tregua en su espiral, invitándola a la autocrítica.

¿Y si estoy equivocada? Al instante su mente empieza a contemplar multitud de posibilidades que antes no tenían cabida. Puede haber un dato, pero ¿por qué siempre la interpretación tiene un ego en el centro? Porque más allá no hay nada. No esa ausencia inexistente hasta que le damos nombre, sino esa que hace helarse los huesos sólo con tratar de imaginarla. El pánico ante lo indómito por no ajustarse a nuestro método. Preferimos relatar los datos a tomarlos por lo que son para que el discurso aplaque nuestros miedos. Aplasta el vaso de cartón y lo lanza sin atención al lugar donde debiera haber una papelera. Ve el error, su engaño. Dando por sentado que nada podría construirse sobre el cambio condicionó todo el proceso. Con sus ideas en vez de sintonizar con la esencia, ha vuelto la espalda a la realidad. La sorpresiva excitación de un sentir sin artificio, sin mediación, hace que dé imperceptibles saltitos en la silla. Los músculos, en su dialéctica de tensión, suben ligeramente su temperatura, lo justo para que se sonroje por la estimulación del riego sanguíneo. Diríase avergonzada ante la posibilidad de errar si no fuera porque siento un abrazo que me eriza la piel, haciéndome presente algo así como la vuelta al hogar en cada pulgada. Se repiten patrones pasados mientras los ridiculizamos creyéndolos superados. Nos reímos del terraplanismo mientras proclamamos el universoplanismo. No se puede pensar que el error esté ahí fuera, a la espera de ser corregido por nuestra luz, pues no hay fallo ni acierto si no se da categoría de Verdad. ¿Es que piensa el universo? ¿Valen algo las leyes sin una idea de creador que las sostenga? ¿Que nos sostenga? Y éste, ¿lo vale?

Un cosquilleo recorre su cuerpo. Instintivamente aprieta las piernas para retenerlo en su recobrado candor. Ni causa ni efecto en la inmediatez, no hace falta gobierno para quien se es sincera. Ha explorado los confines de la Verdad, pero si no hay garantía ¿por qué iban a existir los conceptos fuera de la consciencia? Nuestra mente, el último giro copernicano por dar, el centro de la cebolla otorgando existencia a las fuerzas fundamentales. La teoría del todo. La división del átomo. Vanidad tras vanidad. Mi Verdad en la Verdad es doblemente inalcanzable por su misma definición. Quien siga ese camino se condena a una vida de mentiras o frustraciones. Pensadores de todos los tiempos han fracasado en los constructos ilusorios con que anclar sus mentiras. Noto la electricidad brotar de mi dorsal envolviendo cada vértebra y recorrerme entera activando millones de resortes entumecidos. El calor se me hace cada vez más húmedo y el roce del algodón le yergue los pezones desgranándose en un abanico de sensualidades. La respiración se acelera a medida que su mente empequeñece, impotente, ante la cascada de ideas equivocadas que ha sido su vida. El universo es el mismo aun siendo ahora tan otro. ¿Soy yo la misma siendo otra? ¿No he creído vivir auténticamente cerrando con simpleza los ojos?

Qué calor, estoy empapada y la ropa se me pega haciéndome sentir desnuda. No puede dejar de acariciarse los pechos inconscientemente. Sin apercibirse se aprieta contra la silla, cuyos pequeños crujidos oiría si no fuera porque la respiración se torna jadeo. No entiendo lo que pasa y por primera vez no me asusta. Esas directrices que orientaron mi vida son mentiras, todo mentira, ellos mentira, ¡yo mentira! Coño mío, tú siempre lo has sabido, nada de lo que levantaba lo dejabas en pie, creí que únicamente querías absorberme. Insignificarme. Me ofrecías una vida honesta, libre de la dialéctica sujeto/objeto aniquiladora, desde mi cuerpo, lo auténticamente yo, condición de posibilidad. Horizontalidad. Atraída por las aceleradas palpitaciones desliza su mano vientre abajo hasta orbitar el rasurado monte de Venus, alunizando con suavidad sobre el abrasador clítoris. No puedo contener esta marea. Un pequeño dedo para la mujer… Si no hay certidumbre, ¿qué es la inmanencia? Las gotas me resbalan por los muslos en alborotada carrera, el vientre empieza a convulsionar, ni puedo ni quiero contenerlo. Un movimiento de caderas busca desesperado seguir descubriendo la senda del goce atrapando en su gravedad a los dedos, que se deslizan lentamente entre los labios lubricados y penetran la trabazón húmeda de la existencia, más acá de la línea del horizonte de sucesos. El placer lejos de obstaculizar el conocimiento le da mi medida, la celebración de lo que es sin más pretensión que el darme. Pulsión prendida. Casi me caigo de la silla, pero parar no está en mi mano. Se mueven solos, con un conocimiento de mí que yo no tengo, a flor de yemas. Jamás creí que pudiera estar equivocada, aprendí los métodos, estudié los conocimientos rigurosos, me sacrifiqué. Rehuí lo que soy por rechazo a una imperfección prejuzgada y caí en los cantos de sirena. Joder, joder, me llena entera, reboso estar. No hay más que nuestros errores si nos obstinamos en ser lo que no somos, dividiéndonos en esencia y existencia. Voy a romper la maldita silla, tira desbocado de mí, me desequilibra. No hay dualidad ni enfrentamiento, no hay más ser que lo que hay, sin más meta que la física, estar ahí ahora, estar. La mente en el cuerpo, el cuerpo en la mente. Mis dedos en lo profundo, lo profundo en mis dedos. Atrapa todas las mentiras, mi querido agujero negro. Implosióname en las ruinas de tu gravedad irresistible, que la curva infinita del espacio-tiempo circunvale mi placer. Transmútalo todo haciendo de tu singularidad la mía. Ya viene, ya… la gran explosión, eres masa, energía. Traspasa el límite del colapso. Estás aquí, me desformas. Libera mi existencia contenida. Alúmbrame al fin veraaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

Piezas Sonoras:
– Ascensión
– Dentro del telescopio
– Un pequeño dedo

Javier Seguer (Barcelona)
Pese a la agotadora tarea de comer, dormir y reproducirse, tuvo la inconsciencia de editar y dirigir la revista artesanal de literatura y arte Ferbero, un barquito de papel en el océano digital. En su querencia por las actividades inútiles también estudió filosofía, escribió cuentos y poemas, mojó al mar y buscó la felicidad.

Carlos Santín (Barcelona)
Pintamonas sonoro, ingeniero electromagnético y futuro horticultor. Bajista y productor en selectos conjuntos musicales de Barcelona desde hace dos décadas, siempre bajo el epígrafe “Amor al arte”. Actualmente, y convencido de que es lo único que nos aleja de la muerte en sus diferentes intensidades, solo rinde culto al humor, a la ciencia y al café.

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